The Dangers of a Silent Sunset for Science in Latin America
Guillermo Anlló
Chair of INGSA-Latin America and the Caribbean (LAC)
Published on June 3th, 2026
Available in: English | Español (más abajo)
For decades, Latin American nations have strived to build and consolidate robust scientific systems. While this development has been uneven, most countries successfully established national frameworks powered by highly skilled human resources that are competitive on a global scale. Currently, the region accounts for 4.4% of global R&D investment and 4% of the world’s researchers, despite representing 8% of both global production and population[1]. There is clear room for growth; however, a shadow is falling over the region’s laboratories. Shifting political cycles are leading to drastic budget cuts and the discontinuation of long-term scientific programs. This is not merely a local accounting issue; it is a burgeoning global crisis. When a government defunds science, it doesn’t just pause progress—it mortgages its future. In an interconnected world, the survival of Latin American science is not a luxury; it is a prerequisite for global health, climate stability, and regional democracy.
Science is a cumulative process that depends on decades of investment, data accumulation, and the retention of specialized talent. While R&D often features high economies of scale—leading to concentration in the world’s largest laboratories and corporations—there is a crucial local component. Understanding specific environments requires activity on the ground. Furthermore, utilizing scientific knowledge requires a minimum threshold of localized capacity. This localized capacity is particularly essential for the provision of scientific advice that is relevant to local and national decision-making and credible with local publics, and for retaining public support for scientific evidence from all sources.
In many countries across the region, we are witnessing a "brain drain" of historic proportions. As grants and subsidies vanish, the region’s brightest minds migrate to the Global North. If these processes were strategically planned, these migrations could be leveraged to establish solid knowledge networks. Unfortunately, that is not the case. Losing local research and advisory capacity creates dangerous global risks. Latin America hosts the world’s greatest biodiversity; the Amazon and the Andes are "living laboratories." Without local scientists, we lose the ability to understand ecosystems, potentially enabling zoonotic pandemics or missing discoveries in carbon sequestration. Scientific isolationism means global climate and disease-tracking models will have massive, dangerous "blind spots" which will cause public policy failures at times of urgent and of slow-building crises.
From a public policy perspective, cutting scientific funding is often framed as "fiscal responsibility" or a shift toward immediate social needs. However, this reveals a profound misunderstanding of modern economies. Evidence-based policies are the only real way to combat poverty, energy insecurity, and health crises.
The challenge lies in the "mismatch of timelines": political cycles last four years, but any major scientific breakthrough typically requires twenty years to move from the lab to a daily impact on people's lives. When decision-makers prioritize immediate political wins over fundamental research, they create an external technological dependency that weakens national sovereignty. Furthermore, a marginalized scientific community leaves an evidence vacuum often filled by misinformation—a trend that erodes the democratic process itself.
The agenda of problems facing Latin America—including violence, migration, and climate change—presents an opportunity to generate common research agendas through open science and coordinated science diplomacy. We must explore the creation of regional trust funds and multilateral agreements that treat research as a transnational public good. A promising model is the INKA (Initiative for Knowledge in the Americas) initiative. For example, INKA is working to bridge the gap between Andean and Amazonian research and regional economic policy, advocating for a 'Pan-American Bioeconomy' that allows Latin American governments to transition away from extractivism toward high-value, science-based industries. By engaging with both regional scientific councils and multilateral financial institutions, INKA looks for demonstrates how cross-border knowledge networks can provide the technical evidence necessary for national sovereignty and sustainable development."[2].
Integrating into the world and adopting frontier technologies—such as AI, biotechnology, and space tech—is a necessary condition for addressing global challenges. Without at least the scientific capabilities needed to understand the latest advances at the frontier of technological knowledge—let alone to generate new knowledge there, but at least to interpret it—so as to advise governments on decision-making in the face of emerging threats and opportunities, the region is doomed to greater inequality and isolation. If we allow Latin American science to flicker out, the world loses a vital ally in solving the existential challenges of the 21st century. The time to bridge the gap between evidence and action is now, before the doors to the laboratories are locked for good.
Los peligros de un ocaso silencioso de la ciencia en América Latina
Durante décadas, los países que integran América Latina han realizado esfuerzos por crear y consolidar sus sistemas científicos. Si bien ese desarrollo no ha sido homogéneo, la gran mayoría de los países lograron establecer sistemas científicos nacionales, integrados por recursos humanos altamente capacitados y competitivos a nivel global. Actualmente, la región representa el 4,4% de la inversión total mundial en I+D, y el 4% de los investigadores (EJC), siendo el 8% de la producción y la población global. Es decir, hay margen para seguir creciendo y consolidando el sector.
Sin embargo, una sombra se cierne sobre los laboratorios y universidades de la región. Los cambios en los ciclos políticos están derivando en recortes presupuestarios drásticos y la discontinuación de programas científicos de largo plazo. Este no es solo un problema contable o local; es una crisis incipiente de alcance global. Cuando un gobierno desfinancia la ciencia, no solo pausa el progreso, sino que hipoteca su futuro, y en un mundo globalmente interconectado, esto nos afecta a todos. La supervivencia de la ciencia latinoamericana no es un lujo, es un requisito para la salud global, la estabilidad climática y la calidad democrática regional. Es una necesidad para poder integrarse al mundo y adoptar las nuevas tecnologías de base científica -como la biotecnología, la IA, la neurotecnología o las nuevas tecnologías del espacio-, condición necesaria para aprovechar cualquier innovación de frontera. Y de la mano de esas innovaciones es que se pueden enfrentar los desafíos globales actuales derivados de los cambios climático, demográfico y de matriz energética. Sin acceso a ellas se está condenado a un escenario de mayor inequidad y aislación del progreso y bienestar.
La ciencia es un proceso acumulativo que depende de décadas de inversión, formación de recursos, acumulación de datos y retención de talento especializado. Es cierto que la I+D presenta altas economías de escala, lo que deriva en su concentración en los mayores laboratorios, empresas y universidades del mundo. Sin embargo, hay un componente local, vinculado a las particularidades de cada ambiente, que demanda desarrollar la actividad en el territorio. En paralelo, la posibilidad de aprovechar y hacer uso del conocimiento científico exige un umbral mínimo de capacidades científicas localizadas.
En muchos países de la región, asistimos a una "fuga de cerebros" de proporciones históricas. Cuando las becas y subsidios desaparecen, las mentes más brillantes de la región emigran hacia el Norte Global. Si estos procesos estuvieran acompañados de planificación estratégica, y pudieran aprovecharse esas migraciones para establecer redes sólidas de conocimiento e incorporar en las agendas de investigación de los grandes centros de I+D globales las problemáticas locales de los países en desarrollo, podría hacerse oportunidad de la desventaja. Lamentablemente, no sería lo que está sucediendo.
A la vez, perder capacidades de investigación a nivel local puede implicar altos riesgos. América Latina alberga la mayor biodiversidad del planeta; la Amazonía y los Andes son "laboratorios vivos". Sin científicos locales que estudien estos ecosistemas, se pierde la posibilidad de comprender los entornos ecosistémicos habilitando posibles pandemias zoonóticas o el descubrimiento de nuevos métodos de captura de carbono. El aislacionismo científico en la región implica que los modelos globales de cambio climático y rastreo de enfermedades tendrán "puntos ciegos" masivos y peligrosos, por solo citar algunas de las consecuencias globales. Al mismo tiempo, otra consecuencia a mencionar deriva de la falta de capacidades para aprovechar y adoptar los conocimientos de frontera, lo que aumenta las brechas sociales generando tensiones demográficas que derivan en procesos migratorios masivos afectando las políticas públicas de los países.
La paradoja política: ahorro a corto plazo, colapso a largo plazo. Desde la perspectiva de la política pública, recortar el financiamiento científico suele presentarse como "responsabilidad fiscal" o un giro hacia necesidades sociales inmediatas. Sin embargo, esto es un error profundo sobre el funcionamiento de las economías modernas. Las políticas basadas en evidencia son la única vía real para combatir la pobreza, la inseguridad energética y la crisis sanitaria.
El desafío radica en el "desajuste de tiempos": los ciclos políticos duran cuatro años, pero cualquier avance o descubrimiento científico suele requerir veinte años de evolución desde el laboratorio al impacto en la cotidianeidad de la gente. Cuando los tomadores de decisiones priorizan victorias políticas inmediatas sobre la investigación de fondo, crean una dependencia tecnológica externa que debilita la soberanía nacional. Además, una comunidad científica marginada deja un vacío de evidencia que suele ser llenado por la desinformación, una tendencia que erosiona el proceso democrático mismo.
La agenda de problemas a atender en Latinoamérica reúne desafíos comunes -violencia, migraciones, consecuencias del cambio climático, biodiversidad, etc.- Esto abre una ventana de oportunidad a generar agendas de investigación comunes, apoyándose en la ciencia abierta y estableciendo estrategias de diplomacia científica coordinadas. Es necesario explorar la creación de fondos fiduciarios regionales y acuerdos multilaterales que traten la investigación como un bien público transnacional. Por caso, la iniciativa INKA (Initiative for Knowledge in the Americas) del Wilson Center, coordinada por el ex presidente de Perú, Francisco Sagasti, es una apuesta en este sentido[1].
Si permitimos que la actividad científica de América Latina se apague, el mundo perderá a un aliado vital para resolver los desafíos existenciales del siglo XXI. El momento de cerrar la brecha entre la evidencia y la acción es ahora, antes de que las puertas de los laboratorios se cierren definitivamente.
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